domingo, 23 de agosto de 2009

Del último bar.-

Pasé por allí hace dos días mas o menos. De día, donde ya ninguna nota de piano se podía mezclar con un poco de humo de cigarrillo.
Se habían retirado ya los personajes nocturnos con lentes extravagantes y aquellos que hacian de la noche el encuentro perfecto para las declaraciones de amor fortuitas junto a un vaso de alcohol en la mano.
Recuerdo las tres oportunidades en que estuve allí.
Solo en una de ellas me pidieron el carnet de identidad, y creo que fue por que ninguno de nosotros se atrevía en primera instancia a preguntar si quedaban mesas vacías.
Uno de nosotros era bajito, pero era el mayor de todos. Y yo me sentía pequeña, y lo era, más aun bajo ese abrigo rojo que por esos entonces me habia acompañado en varias noches de juego callejero.
Habíamos salido del viento lluvioso al cruzar ese umbral de cabaret de los 50, pasamos junto al gigante afroaméricano que hacía guardia en la puerta y los mozos nos dispusieron una mesa pequeña en un rincón del bar.
Uno de nosotros se paró y distinguió en la lejanía al tipo del sombrero.
Todos nos pusimos de puntillas e intentamos mirar hacia la puerta, al lado del piano, cuando de pronto fue como si nos transportáramos.
Pude notar como cada uno de nosotros denotaba una leve sonrisita en los labios. Me sentía bajo una conexión de luces y sombras, bajo miradas de personas que parecían torcerse en sus propias realidades mirando el vacío que eramos el resto. Y las melodías resonaban, y el tipo del sombrero conducía las notas hacía las esquinas más remotas del lugar.
Se sentía el crujir de la silla en que estaba, tome la carta y miré al resto.
Pareciamos y éramos a la vez.
Recuerdo que cuando salimos estaba lloviendo, y yo tenía un pequeño paraguas que tuve que compartir con uno de ellos.
Por esas cosas de la vida ese hecho tan insignificante en ese entonces parece una burla al futuro.

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